La Carta

 

“Me hicieron llegar su pedido y accedo a él como una orden. Ya quisiera yo saber más de aquel acontecimiento pero sólo puedo contar lo que mi padre me contó. Disculpeme usted si caigo en errores de formalidad, incluso de ortografía, pero mi oficio es encuadernar, y poca relación he tenido con las esferas universitarias y gubernamentales. El relato es más bien breve.

Una noche, allá por el año 1960, mi padre llegó temprano, mi madre había ido a casa de su madre, mi abuela, no recuerdo bien por qué motivo, pero le puedo asegurar que no era algo relevante. Mi padre, aún lo puedo ver como si estuviese entrando ahora mismo por la puerta de mi casa, llevaba la nieve en su sobretodo, los hombros blancos, la cara rojiza y la mirada ausente. Me preguntó dónde estaba mi madre, yo le dije que estaba en lo de la abuela, y se fue para su habitación. Yo era chico y no entendía la importancia que tenía él, o más bien los documentos de él, o su trabajo, por eso cuando vi los papeles que cayeron al piso mientras mi padre entraba al cuarto lo primero que quise fue tratar de leer cosas de adultos como lo hacía mi padre. Era el deseo que tiene cualquier niño de ser grande e importante como nos parece ser nuestro padre.

No tengo ninguna prueba de lo que leí conmigo porque dejé todos los papeles en el piso, donde estaban. Los dejé ahí porque me sentí angustiado, no por lo que decían, sino porque me di cuenta de que no podía comprender todo como imaginé que me pasaría. Aquellos papeles contenían información muy confusa para mi edad, motivo por el cual siempre recordé su contenido. Incluso recuerdo que me llamó la atención que los papeles empezaban dirigiéndose a mi padre como Aleksandr Nikoláyevich Shelepin, que era su nombre completo, y a mí me costaba recordar mi segundo nombre. Pero eso era en los encabezados, luego se dirigían a él como Director del Comité de Seguridad Nacional o Director de la KGB.

Esos papeles hablaban del hallazgo de una carta de un señor de nombre Putílov a un amigo suyo, Mayer Bauer, que vivía o estaba en Frankfurt, Alemania. Este le contaba de un acontecimiento que le sucedió en enero de 1905 el 15 de enero, en los días de las huelgas. Putílov era el dueño de la fábrica más grande de Rusia y sus empleados estaban en huelga como muchos de los empleados de aquel entonces. Aquella tarde tumultuosa donde comenzó la huelga en su fábrica, cuando el señor Putílov salía de su casa para la fábrica un señor le salió al paso por detrás de unos arbustos de la vereda. Vestía de una manera exótica y de “pésimo gusto” (recuerdo eso literalmente). Llevaba el pelo corto y usaba lentes. El señor Putílov se asustó pensando que era un operario audaz que le salía al encuentro para matarlo, pero en su rostro llevaba más alegría que rencor. Llevaba una expresión “como de sorpresa”, decía más adelante en la carta. El hombre empezó hablando en inglés pero rápidamente continuó hablando en ruso con la misma naturalidad que un ruso nativo, lo que le llamó la atención. Ya no le pareció un primitivo trabajador de la fábrica, aunque sí le parecía demasiado joven,  pero  lo mismo lo escuchó con atención.

El hombre le dijo que era muy importante que evite que el sacerdote Gapov hablase ese día en la fábrica. Que lo evite, y que para tranquilizar la situación general cierre la fábrica por un tiempo. Que cuando los operarios entendiesen que podían quedarse sin trabajo iban a desistir de la revolución. Putílov le cuenta a Bauer que la idea de cerrar la fábrica como una advertencia le pareció buena, de hecho, ante el hambre que se sentía en las calles la idea de quedar sin trabajo debía ser espeluznante para cualquiera y pondría a los empleados a su merced, sin embargo seguía sospechando de que aquel hombre representase a sus empleados.

Entonces fue que aquel hombre (Putílov muchas veces lo llama “el chico de nombre de nieve”) le dice que de nada serviría explicarle quién es él, pero que podía darle alguna seguridad sobre sus intereses. Y le dijo que fuera hasta el dormitorio suyo y desclavase el zócalo del muro justo debajo de la ventanita lateral derecha de la pared del vitreaux, cerca de la cómoda, y encontraría una carta de su padre explicándole todo.

Putílov lo hace y encuentra una carta de su padre donde le escribe a él contándole que en 1868 un hombre se le acercó a su padre Nikolái, abuelo del amigo de Bauer, explicándole el gran negocio que era comprarle al zar Pablo I aquella fábrica, y que si la compraba y le resultaba como lo prometido, le escriba una carta a su hijo contándole de aquella reunión y se la dejase escondida en el zócalo de la pared de aquella ventanita de la casa. Que luego la queme pero que su hijo escriba otra carta contando aquel suceso. El hijo de Nikolái, padre del Putílov de la carta, cuenta también que el padre le había pedido que le dejase escrito a su hijo que un hombre llegaría a él para hablarle de un sacerdote. Que hiciera caso en todo porque traería prosperidad a la familia. Y terminaba describiendo al personaje que también le resultaba exótico. Recuerdo que me llamó la atención que abuelo e hijo usaran la misma palabra, aunque después entendí que el Putílov que le escribe a Bauer ya había leído la descripción del abuelo y usaba el mismo término en la carta.

Putílov cuenta que se quedó impresionado y que quemó la carta porque así se lo indicaba el padre. Y que salió de su casa y averiguó quién era el padre Gapov, pero como no encontró a nadie que lo conociese entre los que hablaba, decidió cerrar la fábrica de inmediato y evitar que el padre hable, haciendo ambas cosas en una misma acción. Ese día volvió a su casa con la cabeza alborotada, decía Putílov. Contaba que sentía que aquel consejo lo volvería más poderoso de lo que ya era siendo el dueño de la fábrica más grande de Rusia, y quizás del mundo. Imaginó a aquellos 40.000 empleados en la calle sin saber a dónde ir, y le pareció evidente de que iban a volver mansamente a tomar la primer oferta que él les hiciese.

Cuando supo a la semana que la manifestación de sus empleados y de otros desocupados  en el palacio de invierno del Zar había sido organizada por aquel sacerdote desconocido quiso averiguar más, por eso presenció aquella masacre, aquel fusilamiento de parte de los soldados del zar a los manifestantes. Putílov llegó al lugar cuando yacían en el piso muertos y heridos y todavía se sentía en el aire el olor a pólvora. En la carta obviamente no lo llama Domingo Sangriento, pero se refiere al acontecimiento del 22 de enero.

Putílov cuenta que fue engañado ya que aquellos acontecimientos no trajeron prosperidad sino más bien tensión y debilidad al Zar Nicolás, y que la fábrica trabajaba con muchos más inconvenientes que antes. Ya en el final cuenta complicaciones puntuales de su situación financiera en términos muy técnicos con lo cual yo me preguntaba si el señor Mayer Bauer entendería aquellas complejas explicaciones.

La carta, decían esos papeles, fue encontrada en un portafolio extraviado en la Palestina de los años 60, supuestamente adjudicado a Licio Gelli, y también en el informe hacía referencia a la CIA y a un desarrollo tecnológico que por la edad en que leí la carta no comprendí, pero me parece que tenía que ver con el tiempo. Con la alteración del tiempo. Pero había adjunta otra carta de un hombre que hablaba de una familia cuyos hombres tuvieron una misión en Rusia durante tres siglos, y ahí se hablaba de Gelli, pero no recuerdo nada de esa carta porque mi padre salió nuevamente de su habitación y dejé de leer.

Eso es todo lo que puedo decirle. La carpeta tenía una etiqueta péqueña que decía “El Sacerdote”, y recuerdo que la fecha de las hojas era de ese día, lo que me dio a entender que se lo acababan de dar a mi padre. Con esto pienso que lo que le han dicho a usted es cierto, y que lo que le están pidiendo, sea bueno o malo, será inevitable.

Dada la responsabilidad suya en aquella decisión, le deseo mucha suerte. Relea esta carta las veces que crea necesaria, y luego, por favor, quémela.”