Filosofía II

Marisa subió las escaleras hasta llegar a la entrada, tomó el labrado picaporte de bronce con sus manos entumecidas, exhaló una inmensa nube de vapor por última vez, lo giró, y pasó. La puerta, vidriada, maciza, hizo un estremecedor ruido a cristales tras de sí. -Hola- Dijo. Nadie devolvió el saludo. La sala, cálida, con luces tenues, repleta de personas ensimismadas sumidas en sus propias notas, la recibió con un lugar disponible: un sillón Luis XV patinado en negros y dorados, tapizado en terciopelo verde, mullido, la esperaba en la esquina derecha junto al calefactor situado al lado de la pequeña mesita ratona del velador Tiffany, era su día de suerte. Con los ojos aún pegados de lagañas, dormida por noctámbula, se sentó, apoyó su morral en el suelo, corrió el cierre, que como siempre se trababa a medio camino con el forro del bolso, y luego de tironear mezclando algo de habilidad con fuerza bruta logró abrirlo y quitar del mismo, también a duras penas, su gran cuaderno de apuntes espiralado, reventado de hojas, con la tapa a punto de arrancarse. El momento incómodo había logrado que el frío invernal la abandonara, había hecho elevar su temperatura corporal, sus nervios; agachada contra el bolso, luchando, sentía calor en la cara, sentía ojos escrutadores pegados en la nuca mientras algunas hojas se le caían y desparramaban, Marisa, con la piel erizada, se incorporaba y volvía su mirada a las personas de la sala: nadie lo había notado, seguía cada cual en su propio mundo. Respiraba, y abría el cuaderno. – Giménez – Se escuchaba desde una habitación del fondo al tiempo que una chica salía por la puerta con una sonrisa dibujada en el rostro. La voz, apagada, arrastraba la última “e” del apellido. Marisa temblaba y se volvía a sus resúmenes. Las hojas… cantidad de hojas, un tumulto de copias desordenadas, de palabras, cuadros sinópticos y redes conceptuales, un sin número de conceptos que tenía que desenredar y repasar con urgencia; las manos le sudaban, la vista se le nublaba, enfocaba, desenfocaba, la mente se le disparaba. Se había acostado demasiado tarde y se había levantado luego de postergar la alarma reloj unas cuatro veces, necesitaba releer, pero no podía. Luego de unos tres llamados más escucharía su apellido, y qué… qué haría, qué les diría, no recordaba nada, no podía pensar en nada que no fuese referente a la noche anterior y las miradas enjuiciantes con que la observarían los tres profesores que la evaluarían, defraudados, enfadados… se sentía atormentada. No le quedaba mucho más por hacer que apelar a la mayéutica.

Eran las ocho de la noche cuando Susana, su amiga, la había invitado por teléfono a ir a la milonga. Hacían años que Marisa sin vacilar respondía a todo que no, no salía, no bailaba, no nada, primero estaban las obligaciones. La oferta de Susana se veía tentadora y luego de rendir cuatro exámenes finales con resultados excelentes pensaba que se merecía un descanso, se lo había ganado; no obstante, la decisión le resultaba algo dificultosa. Era domingo y al día siguiente, temprano, debía ir a rendir la última materia en la que se había anotado. Lo meditaba un rato y finalmente accedía dubitativa, con cierto grado de culpa. Nunca hubiese imaginado lo difícil que le resultaría luego la elección de la ropa, sino, seguro habría rechazado la invitación como de costumbre. Remembranzas de preparativos para fiestas de quince, salidas al boliche y todo tipo de eventos sociales vendrían a su mente tras perder dos horas de su vida maquillándose, peinándose, vaciando casi por completo el contenido de su placard. Miraba la pila de prendas con detenimiento… tanto para qué, se preguntaba, si como toda la vida terminaba optando por el mismo vestido negro, ese que además de ratonado ahora parecía también haberse encogido como producto del uso sucesivo y los reiterados lavados; ese al que le faltaba alguna que otra lentejuela y tenía la hebilla arrancada. Marisa, le daba dos puntaditas, cerraba la hebillita de brillantes blancos tras la nuca y se disponía a lograr que el cierre le subiera hasta el final, no entendía cómo podía ser, no se veía gorda en lo más mínimo, estaba “como siempre”… tal vez un par de kilitos demás, no mucho más, pero su vieja ropa, que formaba pliegues en las caderas de la tirantez perdiendo a intervalos el satín, su cuerpo embutido, no le decían lo mismo. Respiraba hondo y al tiempo se estiraba dándole un brusco tirón al cierre, que al sonido seco de un sólo “Ra”, subía de un golpe. Así quedaba Marisa, reteniendo el aire derechita, sacando cola en puntas de pie, con el vientre rígido y los hombros abiertos, ya desde su habitación en posición de tango; agradecida de haberse puesto primero los zapatos ya que de tener que hacerlo no hubiese conseguido siquiera incorporarse para tomarlos. Tenía la impresión de estar poniéndose azul, de tener un corset que la obligaba a respirar cortito y seguido. Le dolían las costillas. El pecho que parecía reventarse, sus senos rebasando el vestido… en la Italia del siglo XVI hubiese causado sensación. Quizá con el paso del tiempo los huesos le habían crecido,“las carnes”, como solía decir su mamá; o podía ser que las horas volcadas al estudio, las comidas descuidadas saturadas en carbohidratos, se estaban reflejando por fin en su imagen, envejecida, gorda, sola…

Dispuesta a no esperar un remís que la obligara a doblar su cuerpo para sentarse, situación en la que el ceñido vestido de viejas fibras correría peligro de rasgarse, Marisa, salía de su casa caminando rumbo a la Milonga del Casino en la que había quedado encontrarse con Susana; eran unas trece cuadras. Las veredas de la ciudad en la que vivía no eran de las más amigables para transitar caminando con zapatos de tango, temía por su pobres tobillos que tambaleaban entre grandes lomas y baldosas rotas, ahorcados por las pulseras de los zapatos. Eran un modelo elegante, de punta cerrada, en charol negro, resplandecían en la oscuridad de la noche. Marisa los miraba alucinada, – Divinos- Pensaba – Pero, ¡cómo duele! Las puntas de los dedos de los pies le latían presas contra el cuero, achucharradas; sentía fuego, ardor, dolor, pero estaba tan feliz… aguantando, con sus pies agonizando, sorteando obstáculos y apurando el paso, temerosa tras algunos silbidos acosadores de grupos de ebrios que pasaban conduciendo a toda velocidad, luego de varias trastrabilladas y habiendo logrado llegar al lugar con los zapatos enteros (porque en varias oportunidades tuvo la impresión de haber dejado un taco incrustado en los adoquines al cruzar de una vereda a la otra), Marisa llegaba a la milonga, rendida.

– Méndez- Gritaban desde la habitación del fondo.

Metempsicosis.
Teoría de la reminiscencia.
Demiurgo.
Orfismo.
Marisa releía títulos y palabras al azar. El salpicón de escritos, de su puño y letra, en distintos resúmenes, los destacados en naranja flúor, le parecían de una naturaleza tan extraña como desconocida. No los asumía propios, no los registraba. No podía concentrarse.

…estaba parada junto a la barra cuando alguien puso una mano en su cintura. El vestido, escote Marilyn, dejaba descubiertos sus hombros y espalda hasta la altura de los omóplatos, desde donde bajaba el cierre encorsetando su figura hasta el lugar en que la columna se hundía al ras de la voluptuosa curva. La altura de la falda era bastante corta, el tajo sobre su pierna derecha más que insinuante y, para completar, el par de tallas menos hacía que el vestido se le subiera aún más al moverse, por lo que había decidido evitar papelones rehuyendo de la zona lindera a la pista (donde Susana gastaba sus tacones rojos) para instalarse a beber sola, como siempre, cómodamente junto a una columna en la parte más oscura del local. Marisa prendía un cigarrillo y ahí se quedaba escuchando Argentino Ledesma entre una nube de humo con whisky on the rocks en mano, en las tinieblas; salir a la milonga había sido definitivamente la idea más pésima que se le había ocurrido aceptar en este último tiempo. Ausente el candor juvenil, presa de remordimientos por el examen que al otro día la aguardaba, repasando mentalmente los textos que debía rendir, se daba vuelta al sentir aquel tacto en su cintura y quedaba paralizada; si no fuera porque no creía en esas cosas diría que aquello era amor a primera vista. Sin pronunciar palabra alguna, el hombre la miraba fijamente a los ojos y con una seña la invitaba a la pista. Sus facciones masculinas, su expresión amigable, sus profundos ojos verdes transparentes como el mar en calma. Marisa aplastaba el pucho en el cenicero sin dudarlo y respondía tomándole la otra mano que yacía suspendida casi a modo de súplica. Él sonreía con regocijo y, juntos, se encaminaban hacia la ronda de parejas que abstraídas del entorno giraban en sentido contrario a las agujas del reloj, sumergidas en sus propias burbujas, extraplanarias. El hombre, se le paraba frente a frente, decidido, seguro; su porte duro la hacía sentir pequeña, frágil (pese a los kilos de más), sentía la necesidad de aferrarse a aquel torso, sentirlo, dejarse llevar, de cobijarse en él, que la miraba fijo con esos enigmáticos ojos, pasionales. Marisa hacía un gesto de aprobación y extendía su mano derecha hacia arriba bajando la guardia, entregándose a sus deseos, mientras que con la izquierda lo tomaba por el marcado bicep, suavemente, acariciándolo. Sentía las manos de él, fuertes, una la atraía sutilmente hacia su cuerpo, la otra la tomaba hacia arriba, con firmeza. A medida que el abrazo se iba cerrando, sus cuerpos se acercaban, piel con piel. Su sien pegada al marcado mentón del hombre, que tenía un perfume exquisito; Marisa temblaba; un violín comenzaba a derramar sus primeras lágrimas, estiradas, acompañado del vendaval del acordeón que le marcaba los tiempos hasta que, finalmente, desembocaban juntos en un remolino de quejas…
– Tranquila- Le susurraba el hombre con grave y apacible vos al oído derecho, mientras el vaivén de sus cuerpos, al compás, se transformaba gradualmente en una comunión de almas que se fundían poco a poco, hasta vibrar en una misma sintonía, calmas. Juan Carlos Godoy comenzaba a cantar pidiendo explicaciones. Marisa, otra vez presa de los nervios, se olvidaba cómo bailar luego de cerrar los primeros ocho pasos básicos; enredaban sus pies, se chocaban, volvían al vaivén. El hombre echaba la cabeza hacia atrás para poder mirarla a los ojos, sonreía; la zamarreaba un poquito a modo de broma y volvía a repetirle dulcemente: -Tranquila…-
Marisa, percibiendo un deja vu, perdida en el semblante sereno del hombre, en su mirada, en su tacto, volvía a relajarse y esta vez se entregaba de verdad, completamente, sin pensar absolutamente en nada, a él, a De Angelis, al bandoneón. Volvían a pegarse piel con piel pero esta vez ella no lo palpaba, cerraba los ojos, lo palpitaba, lo vivía. Como si una fibra primigenia se apoderara de sus almas trascendiendo más allá de los cuerpos, disociándose, sentía que se elevaban sobre todo, conectados. Las respiraciones acompasadas… ese era su momento, su lugar. Sin pensarlo ni estudiarlo demasiado se encontraba de pronto contoneando su figura en ochos adelante y hacia atrás, realizando cortes, sacadas, pintando sandwichitos con sutiles adornos, girando rápido entre cruces de sensuales roces y bruscas patadas. Sus pies se deslizaban sin perder contacto con el suelo, gráciles, mientras ellos danzaban etéreos, fluyendo como susurros en el viento. El pecho del hombre guiaba sus pasos con magnificencia en un lenguaje que ambos compartían a la perfección, eran uno contra el espejo. Marisa se dejaba ser, volaba, se sentía de a ratos paloma, de a ratos tigresa. Los espectadores, alucinados. Las demás parejas, dejaban de bailar para rodearlos en la pista entre la fascinación y la sorpresa. Los dibujos de sus finos tacos eran de una gracia divina al estrepitoso ritmo del tango. La fuerza que en pareja transmitían con su baile era tan poderosa que atraía todas las miradas del lugar, era magia en esplendor. La música, el hilo conductor. La danza, el rito. Sus espíritus enlazados peregrinaban a un lugar fuera de tiempo y espacio, magnetizados, seduciendo a los presentes, invocando sus almas, haciendo que todos compartieran el sentimiento al unisono experimentando placer en un plano superior. El torbellino de emociones desatado en aquella pista terminaría marcando una impronta propia al ritmo del último “chan, chan”. Los aplausos, la ovación, los consagrarían. Se mirarían nuevamente, en un plano intermedio, con la certeza de que jamás podrían volver a tener los pies sobre la tierra mientras sus manos estuvieran entrelazadas.

Plotino.
Bergson.
Emanatismo.
Saṃsāra. Māyā.
Anámnesis platónica.
Hojas. Hojas. Hojas. Hojas.

– Gómez- Decían desde el fondo…

Marisa pasaba página tras página, despacio, pensativa, releyendo de soslayo algún título o destacado. Claramente, el que se le había presentado en la milonga era un problema ontológico. Hasta ayer estaba segura de lo que quería en su vida, de sus proyectos, de cómo vivir, del sentido que tenía la vida, de qué era la vida, de tantas cuestiones… pero luego ya todo se había desvanecido y volvía a estar en blanco, plagado de interrogantes. ¿Qué tan real era lo que había pasado? ¿Qué era? Esa energía que atravesaba los cuerpos como maná, impregnándolo todo, formando una amalgama de psiques. Recordaba sus primeras clases de tango, al profesor diciéndole que no debía concentrarse tanto en las técnicas sino dejarse encantar por la música, que lo demás pasaba. Ella siempre se había preocupado por la falta de memoria para los pasos, no le salían, no podía seguir a los hombres, hacía lo que quería y cuando quería, y cuanto más pensaba peor bailaba, se enojaba y se sentaba. Su maestro, insistía en recordarle que el tango no era simplemente un baile sensual, una cuestión de aprender pasos de memoria y repetirlos, era un baile especial, uno que debía sentirse con el corazón y danzarse desde allí.
– ¿Se trata de aprender a bailarlo o de recordar cómo hacerlo? Shhh… escuchá, sentí, disfrutalo –  Le había dicho una vez.
Todas las preguntas existenciales que ya se había formulado volvían en tropel. Sus verdades eran ahora meras aporías.

– ¡Gómez!-  Insistían desde el fondo con la voz más elevada, ronca, y hasta dejando adivinar cierta impaciencia.

¿Qué debía hacer ahora? La respuesta era clara: rendir; corpóreamente podía afirmar que estaba dispuesta, presente. La llamaban desde el fondo, Gómez había hecho lo que ella tendría que… Marisa, con una calma inusitada, se encaminaba con sus cosas por el largo pasillo hacia la mesa de exámenes. Empujaba la puerta semiabierta y entraba a la pequeña sala de aire viciado, calurosa. Se preguntaba si esas tres personas realmente entenderían los conceptos que estaban evaluando, si los habrían aprehendido antes de querer enseñarlos; ella veía, ahora, que muchos saberes eran propiamente empíricos, difíciles de comprender en su máxima expresión si no se los experimentaba, si no se los entendía primero desde lo personal, percibidos como una urgencia movilizadora del alma. Marisa, estudiando a sus evaluadores, se dirigía hasta la fea y pequeña silla que la aguardaba pocos metros más allá, ubicada en medio de la salita frente a los profesores. Sus pasos hacían ecos en el piso de madera; el olor a cera, a queroseno, le inundaba los pulmones. Tomaba asiento en silencio. Mientras la ignoraban por completo, apoyaba su bolsa en el suelo y a los cuadernos y hojas sobre el regazo; miraba a esas tres personas con detenimiento: semblantes ensombrecidos y endurecidos con el pasar del tiempo, opacos, de comisuras caídas y ceños fruncidos tras los anteojos, bolígrafos en mano tildando planillas acá y allá, actitudes reconcentradas y sumamente ocupadas en asuntos serios, apremiantes, burocráticos, sumidos en contenidos de indiscutible procedencia y validez, vacíos, añejos, carentes de realidad. Sólo quedaban como símbolo de resistencia algún que otro pelo duro, rebeldes, en el bozo de la señora de la izquierda, dejándose ver cautelosamente, a contraluz. Marisa sonreía, levantaba una de sus cejas y torcía el labio a un costado, reacia, miraba sus apuntes ya sin nervios, emparejaba las puntas de sus resúmenes, los metía en su cuaderno y lo cerraba; metía todo en su bolso sin grandes dificultades. Marisa se ponía de pie, atracaba la silla arrastrándola hasta el gran escritorio haciendo chirriar el lustrado parqué, marcándolo, los evaluadores dejaban de cuchichear entre ellos y hacer garabatos oficinescos para mirarla algo estupefactos, ciertamente confundidos (ella era una de las mejores alumnas de la institución), y viéndolos fijamente, en posición superadora, les dedicaba unas pocas palabras:
– La vida es un tango… que tengan un buen día – 
Salía de la habitación. 

Escrito por Vanesa Stati