La otra verdad

Me propongo contar mi historia, pues, como sabrán, nunca más nadie volvió a preguntar por mí. Con la tranquilidad de que todos me creen ausente, me recostaré en la nula de credibilidad y narraré sin temor a lo inverosímil. Hablaré de mí, con la vanidad que precede a dicha afirmación, pero hablar de mí es hablar de él, mi amigo, y hablar de él es hablar de algo más.

Diré que la mala cronología ha omitido algunos de sus viajes a conciencia y que nos es casualidad que no se tengan registros de él en aquella época. En aquel tiempo, todavía estaba abocado al estudio de lo que sería su futura profesión y no es provechoso hacer alarde de circunstancias mundanas. Yo lo conocí en uno de sus viajes sin registro, cuando, por pura casualidad, nos encontramos y entablamos conversación. Nadie, incluyendo a mis futuros colegas, estuvo presente para atestiguar nuestro primer encuentro. Nuestro diálogo fluyó como el río que baja desde la cúspide de la montaña, y sin darnos cuenta, a los pocos segundos de habernos presentado, los dos estábamos siendo arrastrados por el vértigo de la conversación. No éramos conscientes que, justo al lado nuestro, el destino respiraba como si se estuviera ahogando.

Me convenció de sumarme a su empresa. Acepté por motivos que fueron confusos hasta para mí; para ser sincero, casi como si fuera un animal que por instinto busca su comida, viajé junto a él gracias a un sentimiento que no intenté comprender. Los demás integrantes, luego de algunos años, también se unieron, quedando conformada, de tal modo, la comunidad.

Por más que fuimos muchos en el grupo, él siempre intentó mantener el trato igual entre todos, pero la relación que teníamos nosotros dos, el especial y hasta forzoso vínculo que nos unía, evidenciaba que yo era distinto al resto. Podré ofender a varios si dijera que nos trasformamos en amigos, porque la amistad, entre otras cosas, se trata de una complicidad de defectos. Decir que no variaba nuestra relación de otras, con sus peleas y reconciliaciones, también sería una extraña y curiosa ofensa. Pero aseguro que fue así, y no falsearé la historia más de lo que ya lo está. Por eso mismo es que estoy narrando, por eso mismo es que voy a contar el momento en que se resume nuestra relación.

Cierto día, sin nada en particular, pidió hablar conmigo en algún lugar donde nadie más estuviera presente. Yo lo obedecí, como era de costumbre, y esperé a quedar cubierto por la oscuridad de la noche para dirigirme al lugar acordado.

Lo que me tenía que contar era mucho más grande de lo que había pensado: me narró la trampa que tendríamos que realizar, del engaño a todos nuestros conocidos que tendríamos que efectuar, del silencio que tendríamos que mantener hasta nuestra muerte. Recuerdo que intentó ocultar sus nervios de su cara, pero las dudas se le desparramaban por los ojos como el agua en las manos. Ahora entiendo, luego que todo pasó, que estaba esperando que yo fingiera junto a él, para que yo no lo dejara vacilar en su labor. Pero yo estaba igual de nervioso y no podía pensar en otra suerte más que la mía.

Entregado a un mandato que no intenté comprender, lo saludé apenas terminó de hablar. Sin ni siquiera preguntarle el por qué de su irrisorio pedido, empecé a caminar para cumplir su voluntad. No quise esperar a que, pese a todo lo que habíamos vivido, viera dudas sobre nuestra amistad.

Me alejé del refugio y emprendí la solitaria caminata por la noche, en medio de la llanura desértica, abarrotado de incertidumbre por la tarea que me había sido impuesta. Sabía que al día siguiente, en esa misma hora, luego de llevar a las personas correspondientes, las consecuencias de mis acciones caerían sobre mí. Sabía lo que tenía que hacer cuando terminara con su pedido: primero tendría que encontrar una casa con la plata obtenida, no muy lejos del paradero actual y lo suficientemente cerca para que las personas reconocieran mi nombre. Habiendo dejado pasar algún tiempo para que la historia germinara, y a la espera de las circunstancias propicias, actuaría en el anonimato que otorga la noche. Recogería un muerto recién enterrado del cementerio y lo llevaría a mi propiedad, atando su cuello a un árbol cerca de mi residencia. Cuando las demás personas creyeran que era yo el que había dado fin a su vida, para todas las generaciones venideras habría dado un final acorde a mi historia. Desde ese momento y para siempre, mi vida nunca prescribiría y nunca nadie más volvería a ser llamado por mi nombre. Sería libre para vagar por donde quisiera. Me sería dichoso encontrar, del otro lado del río, una mujer que todavía no conocía, unos hijos que todavía no concebía.

Los hechos, tal cual los acabo de narrar, sucedieron en el orden mencionado; pero, al caminar por el desierto aquella noche que abundaba incertidumbre, nada me era claro. En la enorme llanura que me propuse recorrer, las dudas golpeaban mi lealtad como si fueran ladrones que intentaban entrar en casa ajena, y por más que seguí caminando para cumplir con mi cometido, no pude evitar pensar en dejar todo.

Pasada la medianoche, entré a la ciudad y me encontré frente a la entrada del edificio que buscaba. Luego de reflexionar un rato sobre las palabras de mi amigo, me animé a atravesar las puertas con las mismas dudas que cuando empecé a caminar. Hablé con las personas que tuve que hablar, y tal cual habían prometido en la difundida oferta, me entregaron el oro que había sido estipulado. Me dieron varios hombres para mi vuelta y me pidieron que cumpliera con lo pactado cuanto antes. Partí, sin ni siquiera pensar que, en ese punto, ya no podía retractarme.

Volví a mi morada la mañana siguiente a mi partida, cuando el sol apenas se asomaba en el horizonte y mis compañeros estaban merendando. Pero cuando mis conocidos me vieron guiar a los hombres que venían detrás de mí quedaron petrificados ante el desconcierto. Desperté en ellos un silencio que pedía a gritos que yo les diera una explicación, pero yo sabía que no debía ninguna respuesta a nadie, salvo, quizás, a mí mismo.

Mientras el grupo de hombres con los que había llegado esperaban mi señal, y mis compañeros permanecían demasiado confundidos para reaccionar, erguí el pecho y busqué con la mirada a mi amigo. Lo divisé sentado en una roca, hablando con un recién llegado y absorto ante mi llegada. Apenas notó el silencio a su alrededor, tomo conciencia que yo había regresado y que era este el momento que había estado esperando; levantó la mirada y buscó hasta encontrar mis ojos. Noté una pequeña e imperceptible sonrisa en él, justo antes que se levantara y caminara hacia mí.

Ambos caminamos hasta quedar enfrentados, dejando que unos pocos centímetros separaran nuestros rostros. Uno frente al otro, nos quedamos mirándonos fijo, aprovechando a que el silencio hablara todo lo que nosotros no podíamos decirnos. Los dos sabíamos que era la última vez que nos veíamos, que no tendríamos otra oportunidad para tener una despedida más acorde a nuestra relación. Es curioso como nadie tomó registro de los eternos segundos que trascurrieron para nosotros dos, del dolor mutuo que sentíamos por el otro. Me era propia su sangre derramada en el suelo, su angustia por las largas horas de agonía.

Para no crear sospechas en los presentes que nos observaban, me decidí a terminar con mi tarea sin más demoras, acabar de una vez por todas con mi responsabilidad en esta historia. Entonces actué.

Me acerqué a él, y le di un beso, tan sincero como el dolor mismo, aunque algunos de los presentes creyeran lo contrario. Fue ahí cuando escuché por primera vez la frase que me hizo famoso, tal cual fuese una sentencia para la historia misma, y supe, en ese instante, que mi trabajo había concluido: en el preciso momento en que todos se escabullían para esconderse, y los soldados romanos sacaban sus espadas y arrestaban a mi amigo, uno de mis compañeros me señaló y gritó: “¡Judas vendió a Jesús!”

Escrito por Eric Esley