La ventana citadina

Día tras día se paraba ante su ventana a observar el paisaje. Por aquella vereda pasaba la vida. A través de los vidrios podría observar toda la psicología humana y su extraña forma de actuar. Pasaban las distintas clases sociales, nuevas personas, las mismas de siempre, la gente del lugar, los transeúntes de paso, de todas las edades, sexo y tamaño.

Se había transformado en un experto sociólogo con solo observar. De los que frecuentaban el paso era de los que más sabía. Podía percibir cuando el señor del sombrero estaba feliz, cuando la chica del paraguas estaba furiosa, cuando los mellizos se habían peleado por algún juguete, cuando la señora de los bolsos había tenido una buena mañana con su marido, el señor de las gafas.

Sabía los horarios de los vecinos y sus aventuras. Las idas y vueltas de la rubia con sus novios, las escapadas nocturnas del abogado, las fiestas turbias de el gordo de la casa gris. Sabía de la rutina espantosa del flaco oficinista, del humor del repartidor de gaseosas, las miradas obscenas de la atleta, las aventuras del estudiante y la aburrida vida del viejo solitario, sentado en el hall de su casa, sin compañía, siempre esperando la nada.

Había alguien que le quitaba el aliento, que lo dejaba atónito. Aquella chica que pasaba al mediodía y le compraba flores a aquel señor, que siempre estaba ahí de casualidad. No sabía su nombre ni donde vivía; suponía que era del barrio porque siempre a la misma hora pasaba con sus carpetas. Cada vez que la veía suspiraba y su mundo se detenía… incluso muchas de las veces su estadía solo se resumía a esperar que ella pasase.

Se instalaba en la ventana y la observaba durante esos escasos segundos en que atravesaba su línea de visión, como tratando de absorber cada detalle de ella, sin siquiera pestañar. Conocía de memoria cada una de sus prendas, cada uno de sus peinados. Jamás la había visto con nadie, como para preguntar por ella. El vendedor de flores aparecía y desaparecía con la chica, como si quedasen en encontrarse a la misma hora todos los días.

De a poco sus días se fueron impregnando de aquellas escasas visiones. Durante toda su jornada sostenía la imagen de la chica atravesando aquella vereda y comprando flores. La pensaba todo el tiempo, en el trabajo, en el banco, es sus ratos de ocio, en todo momento y ocasión.

Su vida de a poco comenzó a girar en torno a su aparición. Se acostaba pensando en que al levantar la observaría pasando, se ponía nervioso cuando demoraba minutos más de lo común en aparecer. Incluso tenía una alarma que sonaba a la hora que ella pasaba, por si algún día estaba distraído o en otro lugar, cosa que jamás pasaba.

Observarla lo hacía feliz, lo hacía sentirse joven, a veces se preguntaba para quien serían aquellas flores, quien las recibiría, que haría con tantas que debía tener. Muchas veces había decidido esperarla en la vereda y tratar de hablarle, de presentarse, pero el miedo a quedar mal y que ella decida no pasar más por ahí le ganaba y lo acobardaba. ¿Como contarle que la espiaba a diario, todos los días, todos los meses de su vida? Era un riesgo dificil de correr para su obsesión.

Esa noche no pudo dormir, pensar le consumía el sueño, estaba obsesionado, el deseo era poderoso y hervía su sangre. No aguantaba más no saber de ella, dudaba si ir o no ir a hablarle, ¿y si se enojaba o se asustaba?

Esa mañana decidió salir a verla. Se puso su mejor traje, aquel perfume dulce, se peinó como cuando joven y se quedó parado frente a la ventana, aguardando su aparición. Los minutos se hicieron eternos, no pasaban más, era como si todo fuese en cámara lenta. La duda lo embestía y lo atormentaba, a cada segundo cambiaba de opinión. Bajaba, no bajaba, bajaba, no bajaba. Pensaba en el discurso que le iba a decir, en las palabras que iba a usar, en las posibles respuestas, en las posibles preguntas. Pensaba en su rostro y en lo que traería puesto. Pensaba en que quizás ella supiese que él la observaba, pensaba que quizás lo hacía a propósito… esto lo inundaba de ilusión. Por fin la vio… tan bonita como siempre. Bajó las escaleras de su solitario departamento a toda prisa. Llegó a la puerta… algo lo detuvo… se quedó inmóvil con las llaves en la mano. Un sentimiento de inseguridad lo inundó, le temblaban las manos y su corazón estallaba. Un mar de dudas lo ahogó. Resignado y temblando volvió a su departamento, a contemplarla desde su soledad, mañana será mejor pensó. Subió más aprisa aún hasta la ventana para por lo menos poder verla.

Entro a su departamento y se acomodó en la ventana. La vio sola, el señor de las flores no llegaba. Ella miraba hacia ambos lados como esperándolo, como esperando a alguien. Él la contemplaba fijo, aún el latir de su corazón le hacía temblar el pulso. De pronto la muchacha se sintió observada y miró hacia la ventana. Él cerró las cortinas para no ser visto, y cambiando de posición, continuó observándola.

En eso vio que alguien se le acercaba y le hablaba… era el viejo solitario. Le dijo algo y la chica sonrió. Luego de cruzar unas palabras, se fueron juntos caminando por la vereda, hasta perderse de la visión de quien los observaba.

El viejo jamás volvió a estar solo y él jamás volvió a mirar por la ventana, resignando sus días a lecturas grises y absurdas.