Hasta la victoria forever

Allá por los últimos años 60, cuando una legión de jóvenes amamantados por la clase media profesional o cuentapropista buscó sumarse a la leyenda del peronismo proscrito –objeto central del odio de clase de sus padres, contra quienes se incubaba la rebelión–, tuvo lugar una innovación simbólica que perdura hasta hoy en los hábitos de la política criolla.

Nació de una rara simbiosis de contenidos que parecían políticamente incompatibles y alcanzó a instalarse por muchos años en los santuarios de la “mística revolucionaria”. De los conjuntos binarios que presentaba seguramente se recordará, entre otros, la yuxtaposición iconográfica del Che Guevara y Eva Perón; la asimilación del Concilio Vaticano II con las indumentarias de la contracultura o la inclusión de la Marchita en el repertorio folclórico “de denuncia” (por entonces la única novedad que presentaba el desprestigiado Partido Comunista vernáculo) en encuentros y fogones.

Richard NixonPero ninguno tuvo tanta aceptación como el uso de los dedos en “V”, que parecía enlazar las pintadas callejeras de la Resistencia Peronista con la gestualidad característica del Flower Power, la música beat y el pacifismo en los Estados Unidos. Dicho como referencia de época, la costumbre de protestar “con los dos dedos en vé” tuvo su primer enunciado poético en las voces de Miguel Cantilo y Jorge Durietz (Pedro y Pablo), cuando “La Marcha de la Bronca” se situó en el ranking de los temas más escuchados.

Sin embargo, no era un gesto excluyentemente libertario o artístico: el gran antagonista de los manifestantes psicodélicos, Richard Nixon, también lo usaba en esos mismos días, cuando las bombas de napalm caían sobre las aldeas vietnamitas. En realidad, tanto el presidente norteamericano como los melenudos repetían el mensaje de “victoria” de los Aliados en 1945, cuando el ex primer ministro inglés, Winston Churchill, saludando con la consabida consonante formada por sus rechonchos dedazos, se convirtió en el ícono mayor del nuevo orden capitalista de posguerra.

En el caso de Churchill, constituía una muestra de identidad, pues la impronta simbólica del gesto reporta venerables antecedentes en la cultura europea. La mayoría de los historiadores los sitúan en la Edad Media, cuando los arqueros exhibían los dedos frente a sus enemigos –al parecer con el dorso de la mano, no con el frente como ahora– con el fin de amedrentarlos, pues así podían mostrarles que tenían los necesarios para lanzar su letal saeta. ¿Y por qué no deberíachurchill1-375x435n tenerlos? Es que los guerreros, cuando caían prisioneros y gozaban del raro privilegio de ser canjeados por sus pares del otro bando, sufrían la amputación de los dedos índice y medio, lo cual los volvía inútiles de por vida para seguir prestando sus servicios al Rey o al Señor.

Volviendo al siglo XX, hay pocas dudas de que la fragua donde tal ademán forjó su sentido contemporáneo fue la contienda interimperialista declarada formalmente en 1939. Sobre quien impuso su empleo propagandístico hay varias versiones dando vueltas (todas con sus respectivos hitos y monumentos hoy en día), pero la más documentada es la que señala a Victor de Laveleye, ex ministro de Justicia belga y director de algunas emisiones tácticas para la BBC durante la masacre bélica. A él le habría caído la ficha de que la palabra “victoria” tiene la misma inicial en sus acepciones inglesa, francesa, holandesa y belga; es decir, en los principales idiomas de la resistencia antinazi en Europa. A partir de esta idea, la BBC dio marcha al plan “V for Victory”, que tuvo un éxito descomunal en almas y murallas durante los combates callejeros.

Desde entonces, la “V” fue el emblema del nuevo orden político mundial liderado por Estados Unidos y sus socios. Un saludo que generales, diplomáticos, presidentes y soldados hacían con la misma emoción de aquellos arqueros que cimentaron el orgulloso pasado de Occidente. Churchill fue el encargado del broche final de la campaña; De Gaulle lo usó toda su vida y Maggie Thatcher, cuando anunció la victoria británica en Malvinas, concluyó su discurso haciendo el gesto que hoy repiten, orgullosas, las muchedumbres movilizadas por el “pensamiento nacional” en la Argentina.

“Curiosidades de la Historia”, podríamos decir, piadosamente, a modo de conclusión.

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